Songo - La Maya, 3 de feb. - Hoy quiero referirme a las alpargatas. Pido perdón a los que se les revuelve la picazón entre los dedos de los pies ahora mismo con tan solo evocar aquellos nefastos días del crudo período especial de 1991. 1992 y 1993 llegando al 94, 95 y 96, en que las alpargatas resultaron ser la vía de escape a la falta total de calzados de cualquier tipo, que, cuando por casualidad aparecían, costaban un ojo y la mitad del otro.
Repito, pido perdón, no solo por evocar ingratas memorias, sino también por evitar nombrar el apelativo popular que recibieron los susodichos “calzados” de corte bajo, suela lisa y sin tacón, hechos de cualquier pedacito de tela y suela de cámara de camión, de guagua, máquina o bicicleta; nombre que tenía mucho que ver con la rápida absorción de cualquier tipo de líquido derramado ante nuestros pasos y que, cuando era agua no era gran problema, pero cuando se trataba de algún otro tipo de desecho humano… “¡por favor la vida!”, como dice mi vecina.
Pero bien, después de pedirles perdón por tercera vez consecutiva, me adentro en el hecho de que las alpargatas, ya no aquellas hijas de la mala suerte, sino las de telas bordadas, semillas adosadas y suelas de hilo de saco de yute tejidos artísticamente, por las cuales los más “chic” de hoy en día dan un chorro de CUC, aludiendo que es puro arte lo que llevan en los pies, y que en “Europa” son el último grito de la moda.
Repito, las alpargatas de ley, según algunos, llegaron a la más “fermosa” isla que ojos humanos hubieran visto en los pies de los españoles. Sin embargo, otros afirman que ya se usaban en América desde antes del contacto con el viejo mundo, lo cual no es del todo imposible, si tomamos en cuenta que no son nada difíciles de hacer, pues los recursos y técnicas empleadas para su confección son en extremo asequibles.
Pero volviendo a nuestro tema, he querido hoy recordar esta tradicional prenda, muy cómoda y práctica, que cada día se renueva, se reinventa, adoptando estilos, diseños y colores modernos, con lo cual se acercan más al gusto popular, incluso de los públicos más jóvenes, aunque haya más de uno que ya tenga ronchas en todo el cuerpo de tan solo escuchar mencionar el nombre de ese calzado que, cual camaroncito duro, nos sacó del apuro en más de una ocasión, dando la falsa apariencia de que íbamos calzados, cuando, en realidad, el calor del pavimento nos quemaba la planta de los pies, y a las piedras y colillas de cigarros les huíamos más que a la muerte, todos sabemos por qué.
Sonrío al compartir con ustedes estas líneas, ilusionado con que las alpargatas no bajen nunca más de los encumbrados estantes de las “shoppings”, y de las cuales me separan unos cuantos CUC. ¿Será que soy un mal agradecido? En definitiva, ellas nunca me hicieron nada…pero así es la humanidad. ¿Quién lo duda? Así ha sido siempre.
Autor: Adolfo Vicente Fernández