Songo – La Maya, 13 mar.- Hoy en día, muchos son los estereotipos y tabúes que están presentes en la vida diaria del cubano y del songomayense, relacionados con los más diversos temas, fundamentalmente con la sexualidad.
Lo preocupante es que tales ideas se ven con más frecuencia de la deseada, y basándose en ellas, generalmente la familia educa a las nuevas generaciones, y aunque algunas pueden son simplezas, otras pueden ser muy dañinas para el individuo y para la sociedad.
Muchos de los estereotipos y tabúes negativos para el pleno desarrollo de la vida y la sexualidad humana, casi todos subjetivos y erróneos, tienen que ver con las diferencias entre el sexo femenino y masculino.
Por ejemplo que la mujer debe adoptar una postura pasiva en el amor mientras que el hombre debe mantener relaciones sexuales con múltiples personas.
Estas ideas justifican la desigualdad y desde edades tempranas pueden conllevar a la discriminación, la marginación y el abuso de poder en las relaciones, entre otras conductas negativas.
En un sentido amplio, un tabú es una actividad o comportamiento que están prohibidos por una sociedad y romper con esas normas es considerado una falta imperdonable.
Los tabúes entraron a la sociedad para restringir nuestra conducta al igual que los mitos, pues estos llegan afectar las relaciones interpersonales principalmente las sexuales.
Por ejemplo, en nuestras familias la relación cariñosa entre padres e hijos llega a ser en ocasiones limitada, debido a la presencia de tabúes ligados a la sexualidad o al incesto.
Los tabúes también designan objetos que no pueden tocarse, lugares que no pueden ser visitados, cosas que son sagradas, o prohibidas.
Mientras que un estereotipo es una idea generalizada de un grupo de personas y es considerada como patrón o modelo a seguir.
En el caso de estos últimos, sino los sigues puedes sentirte fuera de lugar. Por ejemplo, en no pocas ocasiones nos inclinamos a esconder nuestra verdadera identidad como persona y hasta sexual por seguir el patrón de la persona ideal, que establece que “ser mujer” es igual a estar delgada y bonita, y dedicarse a la casa, y que para “ser hombre” hay que comportarse de manera machista, tener dinero, o ser mujeriego.
Todo esto nos da como resultado una ignorancia sobre nuestra realidad, o una falsa percepción de ella.
Si aceptamos los estereotipos como guías para nuestro propio comportamiento, eso impedirá que determinemos nuestros propios intereses y habilidades, ya sea desanimando a los varones a que participen en el supuesto trabajo de las mujeres (como cuidar a los hijos) o llevando a las mujeres a no elegir roles tradicionalmente masculinos (como estudiar ingeniería y practicar ciertos deportes).
En otro sentido, la presencia de estas ideas puede favorecer la aparición de disfunciones sexuales en el hombre, debido a que estos cuentan con grandes exigencias según las expectativas del rendimiento sexual de su género, mientras que las mujeres están marcadas desde la niñez para reprimir la expresión de su sexualidad.
Para que evitar tales problemas solo hay un camino acertado: un efectivo proceso de educación y orientación que prepare a las nuevas generaciones para vivir forma plena y responsable, enriqueciendo su personalidad y toda su existencia individual y social.
A la vez, cada uno de nosotros debe tratar de desarrollarse según nuestras posibilidades y necesidades particulares, de manera auténtica, sin seguirle el juego a falsas creencias.