campesino Gregorio2Songo – La Maya, 30 oct 2019.- Gregorio Ortiz Ortiz ha vivido casi 9 décadas y aún mantiene su total lucidez física y mental. Eso se refleja en el caminar todavía rápido, la fortaleza que le imprime a los picazos y la conversación fluida que no me deja grabarle.

“Tengo 87 años de edad y todavía trabajo la tierra y la hago producir”, me dice con una voz suficientemente clara. Viste una camisa que se le puede exprimir el sudor y un sombrero que intenta protegerle del sol porque, ante la escasez de alguien que le are la tierra con una yunta de bueyes, abre surcos uniendo su fuerza con el filo de un buen pico que le acompaña en estas faenas.                                                                                                           

En su pequeña finca de un caró de tierra, ubicada a un lado del Consejo Popular La Prueba, tiene un área que le da alrededor de 50 latas de café al año. Ese tramo, según testimonia Marcelina, la hija con la que vive, lo talla, lo chapea y lo recoge él mismo.

Toda mi vida fui dependiente y administrador en tiendas de esta zona, pero siempre trabajé la tierra porque así evitaba comprar viandas para dar comida a mi familia. Como me gusta tomar buen café, también sembré mi pedacito.

“Estoy jubilado hace casi 30 años y desde entonces le dedico más tiempo a mi finquita. Aquí tengo un poquito de todo: yuca, ñame, guineo, plátano, mandarinas, naranja, mango, tamarindo, caña y todo lo he sembrado yo con mucho esfuerzo. También siembro maíz y frijol pero esas cosas necesitan más condiciones”.

“A veces he regado semillas de tabaco y se dan bien”, me comenta, pero no habla más… y quedo con la duda, me pregunto para qué. Cuando sale de la planificación que tiene para la tarde: sembrar unas carreras de boniato, le descubro.

Entra en su casa, rodeada de un entorno totalmente campestre, natural, donde se respira el aire puro y entre una sonrisa y otra regala al viento una bocanada de humo.

El origen del humo que inhala y luego devuelve al viento es un tabaco que torció cuando recogió las últimas hojas de las semillas que regó el pasado año.

Pero Gregorio no se siente cansado. Aunque ha sido golpeado por los avatares de la vida, comenta que todo lo que trabaja es poco. Siente el eterno compromiso de ayudar en la alimentación de las familias que construyeron las cinco hijas que tuvo y me dice: “No puedo ir a verlas y llevar la jaba vacía”.

Es un hombre completo. Sentado en añoso taburete que recuesta de una mata de mangos me explica cuánto le agradece a la pequeña extensión que administra porque trabajarla no solo le da de comer sino que lo mantiene activo aunque regula los horarios para no abusar de su salud.