
Songo – La Maya, 21 ene.- Quizás siempre le temí un poco. La había visitado varias veces en mis años estudiantiles y me parecía un desafío.
Representaba un mundo inmenso por descubrir, disfrutar, vivir. Cosmopolita, majestuosa, imponente, bulliciosa, repleta de contrastes y oportunidades.
La idea de desentrañarla me había pasado por la cabeza antes, pero no me atrevía a materializarla.
Hoy, algunos años después de graduada, con una visión más aguda y más entendida en cuestiones de la vida, estoy aquí, no como santiaguera desarraigada o soñadora en busca de nuevos horizontes, sino como una profesional que ansía aprender, ampliar sus puntos de vista, incorporar otras realidades y por qué no, probarse un tanto a sí misma en una ciudad que te impulsa a seguirle el ritmo, a fundirte en sus paisajes de matices diversos, a adentrarte en su laberinto de calles y gente, a crecer, a no quedarte varada.
Estoy en La Habana y aunque me sigue pareciendo impresionante, inmensa, desafiante, me pierdo en sus historias, sus vistas, sus puestas de sol, su clima cambiante, sus maravillas y también sus continuos retos.