ro joaquinSongo – La Maya, 31 mar.- “Un Santiago 11 años”, pide Joaquín Borges Triana y la muchacha detrás de la madera cuasi ostentosa del Lobby del Hotel San Juan obedece, la dos copas con el líquido de un ámbar profundísimo descansan primero, mientras le hablo al Joaco del disco, aún sin terminar, “13 con Magia de William Vivanco”. 

Joaquín parece no escuchar, tira las manos y ensarta la copa para que brindemos, el alcohol baja al alma como al pasto el rocío, lo juro, es una delicia, y el Joaco comienza su disertación ya no sobre Vivanco, sino sobre José Aquiles, Felipón, Sosa, Ordás o incluso sobre Eduardo Ramos, cuya muerte nos sorprendiera en pleno festival.

He estado en varias versiones del Pepe Sánchez, pero jamás tanto en las entrañas de la bestia. Es esta una obra que le cuesta a Eduardo Sosa salud, vida. Tanto le vi en trance que lo dejé tranquilo casi todo el tiempo.

Como el propio Joaquín ya escribió en Juventud Rebelde, el Pepe Sánchez fue una muy buena propuesta. Santiago se abrió otra vez a las canciones de Tony Ávila, Pepe Ordás, Adriana Assef, el trío Palabras, Los Jóvenes Clásicos del Son, El Septeto Santiaguero y a muchos otros bardos que aquí y allí dejaron sus canciones.

En este festival, en el que Lino Betancourt volvió a poner la palabra, su admiradísima palabra, el propio Joaquín mostró varias canciones dedicadas al Moncada y también, como siempre hace, sorprendió por su madera de investigador incansable.

El Pepe Sánchez nos llevó a algunos a pensar por ejemplo en cómo Annie Garcés lidiará con la decisión de arropar un repertorio futuro; tiene ante sí la disyuntiva de ser aceptada por una juventud demasiado salpicada de mercado y un grupo de grandes canciones que no entrarían en un campo donde lo que importa precisamente es lo vendible, pero la muchacha, sabe decir, estremecer que es bastante.

Eso sí, en otros años me gustaría ver más a los bisoños, santiagueros o no y sé que es pedir bastante, los presupuestos se aprietan y se hace complicado tener a tanta guitarra joven en la tierra de Sindo, pero es mi sueño.

De eso hablaba también con Joaquín Borges Triana, los dos acodados a la barra, con su madera pulida y pasadas ya las dos horas, cuando fue imposible seguir el ritmo avasallador del Santiago reserva y pasamos al ¨agua de cebada¨ como suele bromear este hombre, uno de los tipos más lúcidos que he conocido, un hombre que parece invidente y que sin embargo en cada reencuentro termina enseñando “la luz bróder, la luz”.

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