
Songo – La Maya, 26 ago 2019.- Me llama al teléfono y dice, “Tremendo lo de Habana Abierta”. “Pero si ya han pasado casi dos meses”, logro decir y riposta. “Casi tres horas de concierto Rógelo, se pusieron de P”… Me río, me emociona.
Habana Abierta no es solo una sumatoria de cantores, es un sonido que logra cuajar, poner en la trova un performance que ya se mostraba en tipos como Gerardo Alfonso, era una poética donde lo hermoso entronca con la jarana. Habana Abierta era, es inmensa.
Es una manera de cantar la isla, de sentir la isla, de entender esto que llamamos país y que definitivamente no son sus contornos, ni sus discursos, sino la belleza que vive en su gente. Piñol que canta canciones de ayer, los colores que realzan a la capital cubana, ese negro detrás de un micrófono diciendo que la luna parece un diamante y diciembre huele a calma y humedad.
Yo no me pude ir a Jibara, no me pude ir en 2003 a verlos arrebatar a miles en La Tropical, aquella vez armé un reportaje con las emociones de Luis Barbería, Ale Gutiérrez, Joaquín Borges Triana y Susan Thomas, y de ahí saqué el capital para volver a estos, ya cincuentones, que suman un público diverso, porque hay que recordar algo. Luego de Habana Abierta, aquel día en Jibara tocaba Cimafunk.
Recuerdo que hablo de una llamada telefónica; pasado el tiempo, madura un poco la idea, ya no solo por la vivencia sino por las fotos y los artículos, y me cuentan que Polito Ibáñez puso primero el tono, que hubo buen sonido y escena, que treparon gente copetuda a compartir con ellos, y luego, bueno ese artículo que habla del regreso de los dioses y toda la leyenda que se teje con trozos de deseo y trozos de realidad.
Por eso me sacude este feedback, porque anoche, ya con el sueño trepando a mis sienes, me llamó Julio Cesar Llamos, el productor, hijo de mi prima Marianela y me hizo el relato estremecido, ya van a ser casi dos meses y su sensación sintoniza con la mía. Estos tipos han escrito un guión divino que no para de emocionar.