lenguajeSongo – La Maya, 13 abr.- En nuestra cotidianidad, muchas son las muestras del mal uso del lenguaje, en especial por parte de adolescentes y jóvenes.

No son pocos quienes usan frases chabacanas o de mal gusto, y hasta palabras obscenas, que evidencian una crisis de educación formal, respeto y cortesía.                                                                   

Lo peor es que esto tiende a verse como algo normal, y casi nadie le hace frente al fenómeno, que al igual una mala hierba crece y se extiende cada día más.

Así, abundan expresiones como “baraja la talla”, “qué vuelta”, “voy pa´l gao”, “ta´s fundío asere”, “dile a tu pura que deje la muela”, “me voy a echar una jeva o un jevo”… y otras tantas que evidencian un gran deterioro de la lengua…

Y pueden escucharse lo mismo en centros recreativos que educacionales, en las calles o en los propios hogares.

El lenguaje no es sólo un medio de comunicación sino una herramienta a través de la cual pensamos. Así, mientras más completa sea nuestra habla, más fácil podremos entender la información que recibimos, expresar lo que queremos decir y resolver situaciones diversas.

Un lenguaje rico desarrolla nuestra capacidad de análisis y ayuda a que entendamos conceptos abstractos. También facilita la comprensión y resolución de problemas, ya sean personales o matemáticos.

Por tal motivo, su estimulación es importante en todas las edades. Sin embargo, cada día se populariza más el lenguaje vulgar.

Vulgar significa lenguaje del pueblo o lenguaje de la gente no preparada ni educada y que no posee virtudes como el respeto y la honestidad, es decir, la gente baja del pueblo.

Aunque es válido decir que en todas las épocas, los jóvenes han inventado un lenguaje propio, como una marca de identidad y pertenencia social. 

El problema del lenguaje en los jóvenes y la utilización permanente de nuevos términos tiene su raíz en diferentes fuentes.

Una de ellas se basa en el hecho de ser jóvenes y la necesidad de tener un código de comunicación propio que no sea comprendido por otras generaciones.

Lo que hay que tener en cuenta es que en esta búsqueda de identidad, por lo general se produce un alejamiento o una diferenciación del lenguaje de los padres, o del mundo "de los grandes", que se manifiesta en el uso de expresiones y códigos diversos.

Entonces puede ocurrir que las palabras se conviertan en obstáculos, y los adultos no sólo se alboroten ante la forma de hablar de los jóvenes, sino que, incluso, no entiendan qué quieren decir.

No es un secreto que el lenguaje oral evoluciona de modo constante y  que las llamadas “jergas” juveniles influyen en su uso cotidiano. En cualquier esquina o lugar se escuchan tremendas “palabrotas”. Se dicen “tan frescas como una lechuga”, como si fueran chistes o las últimas inclusiones en el Diccionario de la Real Academia.

El lenguaje vulgar, de todas formas, va más allá de las malas palabras.  Una persona puede hablar de forma vulgar sin utilizarlas. Si alguien le dice a un anciano “camina más rápido, viejo, que estoy apurado” está siendo vulgar e irrespetuoso aún cuando no utilice palabrotas.

A veces, no comprendemos que con nuestra actitud dificultamos la comunicación entre los seres humanos. Expresarse de forma correcta no significa decir metáforas, ni locuciones cultas en todo momento. En reuniones informales, entre amigos, se admiten ciertas frases, sin vulgaridad permanente.

La clave está en saber cómo hablar según el lugar y las circunstancias.