Especial1Songo – La Maya, 30.- La escuela  especial Rogelio Crespo está cerca de un área bailable llamada la Pista  en La Maya. Es una barriada donde el reggaetón se mezcla con los pasos de un obrero ejemplar que a plena mañana pasa a su trabajo.

Más o menos cerca hay otras escuelas, pero en esta hay niños y niñas especiales, con una manera totalmente diferente de ver el mundo. Eso que algunos llaman “discapacidad intelectual” o necesidad educativa especial, pero estos niños  indudablemente ven al mundo de otro modo. Quién sabe sin son ellos los que están en lo cierto, pero vivimos en sociedad y nosotros “los normales” los tratamos de traer al nuestro.

El asunto es complicado los niños a veces se resisten, otras tienen verdaderos problemas que sin dudas hay que corregir con ejercicios ¿Los implementos?,  muy caros y difíciles de obtener en una isla sitiada por el brutal bloqueo norteamericano, sin embargo, estos maestros insisten, por eso uno ve en su terreno lo mismo una pelota hecha con medias y algodón, que flejes de motores adaptados o sogas de la agricultura convertidos en pequeños aparatos creados por los maestros.

Bajamos a la escuela especial Rogelio Crespo. Un grupo de docentes fue premiado en  el evento provincial Pedagogía 2019 y queremos saber qué han hecho. Nos recibe Diosdado Ramos, un maestro de más de veinte años de experiencia quien  nos muestra el aula, sus compañeros y los muchachos con todos los implementos creados por ellos.especial2

Mirna  Llopiz, Tania Mesa y Mailín León han acompañado a Diosdado en el trabajo. Los niños se ejercitan en cada uno de los implementos con la asesoría de los profesionales.

La escuela especial Rogelio Crespo tiene 131 alumnos. No todos necesitan del aula terapéutica: “El trabajo con los niños comprende programas respiratorios, epilepsia, ortopedia y oftalmología. Son  estudiantes que no pueden ir a la educación física y para ellos creamos un aula”. Dice Diosdado Ramos.

Entre los pequeños sobresalen dos,  preguntamos y nos dicen que la pequeña Leidis es síndrome de down, mientras Samuelle de cinco años es un niño autista. El pequeño llama la atención, no suelta en ningún momento un pañuelo verde, uno de los otros pequeños trata de quitárselo y grita con fuerza.

La maestra Mirna Llópiz, quien le atiende nos dice que es complicado sacarlo de su foco de atención pero ya han logrado que juegue con Leidis y los otros. Lo llevan a un pequeño sitio para trabajar el equilibrio, es un aditamento de poliespuma. El niño camina acompañado de la maestra tres veces y en cada ocasión fue directo a la cámara, tocaba el lente y reía, al parecer feliz.

Diosdado Ramos nos dice: “Aquí en la escuela atendemos, pero en el barrio tenemos 19 niños a los que vamos a visitar a su propia casa, además orientamos a la familia para  que el trabajo sea sistemático”.

Nos vamos de la escuela impresionados, no hay lujo en el pequeño plantel de poco más de 100 estudiantes, pero estos maestros, aun con pocos recursos hacen mejor la vida de estos muchachos y muchachas como Leidis y Samuelle. Un autista y una sindrome down a quienes vimos reír más de una vez al lado de sus maestros.

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