imagesSongo – La Maya, 31 mar.- Songo - La Maya es una tierra de costumbres y tradiciones varias. Pero es también un lugar donde se renuncia muy fácilmente al pasado y los recuerdos. A estas conclusiones he llegado, y quiero compartirlas con ustedes en este breve espacio dedicado a ello, luego de presenciar lo que ha ocurrido en esta edición de los carnavales de mi pueblo. Es cierto que tenemos elementos únicos para este tipo de fiestas populares, como son los carnavales y desfiles del adulto mayor, de niños, el zoológico artificial, y quién sabe cuántas cosas más que por comunes ahora no vienen a la mente.

Pero también lo es que si en los inicios tales acciones contaban con especial atracción por su belleza, colorido y organización, de un tiempo a esta parte solo se hacen “porque hay que hacerlo”, pero sin el más mínimo atisbo de buen gusto o dedicación. Las opiniones de los participantes están ahí, y coinciden con las mías. Se ha tratado quizás de “hacer más con menos”. Se ha hecho el intento pero… ¿se ha logrado? Los deshabitados postes del tendido eléctrico y la telefonía lo gritan a voces. El solitario y “ninguneado”, para utilizar la muy útil palabra de Galeano, ninguneado tótem ubicado en el Parque Central de La Maya lo confirma. De ejemplos tomamos los raídos y monocromáticos desfiles de niños y adultos, que más que gusto lo experimentado es desconcierto y fuertes deseos de que terminen. Si hicieran falta más testigos podríamos citar al desaparecido “Carrito de la Salá”, aunque corremos el riesgo de que no se presente a juicio. Las costumbres y tradiciones del carnaval están ahí, pero hay que alimentarlas. No solo de pan vive el hombre, pero el pan también hace falta, si no, correremos el riesgo de seguir olvidando cómo eran los coloridos, alegres y festivos carnavales del pasado reciente.

Por mi parte, solo espero que algún día, más temprano que tarde, recobremos aquellos kioscos con voluminosas mulatas y espumeantes jarras de cerveza pintadas; los conjuntos de paseos y comparsas adornados con otra cosa que no sean sacos; la música popular bailable que deje a un lado tanto reguetón obsceno e incluya el son, el merengue y la cumbia; los tótems y anuncios con bombillos de colores. ¿Estaré pidiendo mucho? No lo creo. En definitiva, la esperanza es lo último que se pierde ¿Quién lo duda? Así ha sido siempre.